27/07/2010

Conversación onírica

                                                              Foto by: GisReyes



SB: Sólo sigo desgastándome... soñar cansa. Dejaré los sueños a un lado y me iré a volar.

TS: Sueña que vuelas…

SB: Pero hasta en sueños llego a aterrizar

TS: Se trata de seguir soñando.... y dejar sueños inconclusos, para garantizar que al otro día tengamos más sueños

SB: Nadie puede garantizar nada, y entonces sólo quedaría el recuerdo de un sueño truncado

TS: Sueños truncados que vuelven a renacer, sueños nuevos o aquellos que vuelven cíclicamente. Sueños que son reales en los sueños y realidades que nos limitan por nuestras percepciones, al final el límite entre ambos mundos lo decides tú.

25/06/2010

la rivalidad y la leyenda continúan...


Los Celtics concluyeron su particular epopeya tras dar cuenta del Miami de Wade, el Cleveland de James y el Orlando de Howard. Llevaron hasta el séptimo encuentro al campeón, a los Lakers de Bryant y Gasol, y empujaron hasta el último suspiro, pero no pudieron con sus dos bastiones.


El equipo de Los Ángeles sumó su segundo título consecutivo y el 16º de su historia tras haber perdido la final de 2008. Ya tan solo les separa un anillo de los 17 que acumulan los Celtics. La rivalidad y la leyenda continúan. Ahora, bajo el dominio de los Lakers de Bryant y Gasol.

tomado de El País:

http://www.elpais.com/articulo/deportes/Anillo/leyenda/Lakers/elpepudep/20100619elpepidep_22/Tes

29/04/2010

4.


La tormenta estaba cerca. El rugir del cielo dio el primer aviso, y el viento arreció; busqué refugio en lo alto de la montaña, un sendero me llevó a una rústica construcción donde encontré restos de pretéritas fogatas; me senté a contemplar la lluvia que efímeramente lo cubriría todo.

El olor a tierra mojada llenó mis pulmones de memorias ajenas y propias, reales e imaginarias. A lo lejos una figura se acercaba, pensé que también buscaba refugio; pero a cada paso su rostro empezó a cobrar la forma de uno de esos recuerdos perecederos.

Sus manos estaban desgastadas, su mirada era vacua, había perdido por completo esa luz de esperanza que alguna vez iluminara noches frías de algún lejano otoño, lejano para su cuerpo y para mi memoria que apenas la recordaba.

La lluvia se deslizaba por su piel como los amantes en la fría noche. Ella, ahora sin nombre, me reconoció de inmediato; taciturna, me miró a los ojos y preguntó porqué había regresado justo en este día. Le dije que necesitaba regresar a donde todo había comenzado a salir mal.

“No puedes revertir el aleteo de la mariposa, no puedes detener los huracanes que ha provocado, ni los que están por venir”, dijo mirando al piso; aunque sus palabras eran para mi, sabía que en realidad hablaba de ella, siempre de ella.

La tormenta se desató con toda su furia. No tenía caso hablar, ambos contemplábamos el fluir de las imágenes de tardes lejanas, tardes que atravesaron mi cuerpo, que ahora era apenas una sombría prisión de símbolos desvencijados.

“¿Alguna vez leíste mi carta?”, su pregunta interrumpió mis recuerdos. “No”, mentí sólo porque no quería desenterrar ante Ella las heridas acumuladas en 10 años de malas decisiones, porque no era Ella; así como no quería decirle que leerla no hizo ninguna diferencia.

“Entonces, ¿crees que si entiendes tus errores, vas a reparar todo el daño que has hecho?”; “Quisiera tener las respuestas, pero no tengo las preguntas; aunque sí sé que hoy tenía que estar aquí”, contesté desganado, estaba seguro que hablarle no era lo que yo necesitaba.

Pasamos bastante tiempo en silencio, la tormenta amainó. “¿Daño a quién?, pregunté creyendo que se refería a Ella; “A todos, a ti sobre todo”, su respuesta me sorprendió, me tomó del brazo y sonrió, “creo que ya debo irme, me esperan”. A mí nadie me esperaba, y no sabía a dónde ir. Nada estaba claro.

“¿Alguna vez pensaste en mi?”, preguntó y en su voz algo quedaba sin decir; “Sí, alguna vez pensé en ti, pero… apenas como algo que está en el ayer”, fui lo más honesto que pude. “Nunca con el mismo rostro, pero siempre tú”, dijo mientras se levantaba, sabía que no la volvería a ver.

El cielo se aclaró, las últimas gotas cayeron en la tierra, mis huellas quedaban marcadas en el lodo.

15/02/2010

1743.

Ese aire cálido que embriaga por las noches
Ese rip de portishead en el balcón
Ese carmín que se desgaja del ocaso, en las noches de fiesta que despiertan
Esa intensidad en tu mirada, en tu risa; el carnaval en tu corazón
Xicoténcatl never more, never more… never more
En mis insomnios he caminado ya muy lejos de tu laberinto
Pero queda en mi piel tu deseo por la vida, por la fiesta
Esa costumbre de contemplar el mundo, de poner atención, ‘de morir a diario’
Fuegos artificiales
Espirales de tiempo, de humo blanco, ‘habemus chela’
Entre Mina y Alacio Pérez
Humo de tiempo que entras por mis ojos
Espirales de luz, de magia que alargan los sonidos de la agonía
Junto al sillón del balcón de mi memoria, de mi ocaso
Signos milenarios que aguardan en tus recuerdos
En ese estallido de furia, en la sangre continua de la que hablaba Bukowski
Mármol onírico sobre el que se esculpen los días
Náufragos del tiempo esparcidos en el mar
Bailando con las estrellas fugaces acurrucadas en tu espalda
Te echo de menos Xicoténcatl
A la izquierda, detrás del coche verde.

02/02/2010

3.


La luna se paseaba arrogante por la ciudad. Custodiada, en la tierra como en el cielo, por guardianes, unos: efímeras luces artificiales; los otros: milenarios cuerpos incandescentes. Por las áridas calles corría un viento frío. Puertas y ventanas susurraban en un dialecto desconocido. Corceles metálicos atravesaban tumultuosos la ciudad.
Yo caminaba en la oscuridad de esa ciudad que despertaba. Rodeado de colinas que brillaban como milenarias minas de oro, como estrellas de keroseno que alumbraban tristes sombras en la pared. ¿Eso eran estas personas… sombras de lo que pudieron ser? Sonámbulos deambulando en un mundo que se les figuraba ajeno, entre promesas del mañana que habían sido rotas en el ayer.

Sentí, de repente, que caminaba sobre una cuerda floja, equilibrando el terror y la maravilla, adelante y detrás de mi había miles, quizá millones de personas que se perdían en el horizonte de esa cuerda floja interminable. Todos avanzaban impacientes, sin preguntar, sin saber porqué seguían adelante.

De vez en cuando alguno caía, yo escuchaba sus gritos, por horas el eco golpeaba mi cabeza como un martillo que no paraba. Nadie más miraba, a nadie le importaba quien cayera. El cansancio me alcanzaba, suavemente; me tambaleaba. Hasta que caí en ese abismo, en la caída la oscuridad empezaba a acariciarme, me cubría completamente, todo rastro de luz se extinguía.

Abrí los ojos. No amanecía aún. Yo estaba tirado en una banca; al lado de un vagabundo que me miraba fijamente, sin pestañear. Me levanté mecánicamente, tratando de diferenciar qué de todo aquello era realidad, y qué era un sueño.

-El tiempo es una mentira, lo sabes, ¿cierto? –dijo pausadamente con una voz aguardentosa, miraba al suelo mientras tomaba otro trago a su botella de vino-. Todo es simultáneo, todo está sucediendo al mismo tiempo.

-No sé de qué me está hablando –respondí por inercia, sin pensar en sus palabras.

-Claro que sabes. Sólo mira alrededor hermano, prestar un poco de atención, ver realmente; todo esto es una gran mentira, y lo sabes hermano. ¿No ves los siglos que han sucedido en este lugar, los que están por suceder. ¿O no me escuchas por cómo me veo? Sí, no me escuchas porque soy un vagabundo –el ritmo de su voz era más denso entonces, más y más lento.

-No… no, me quedé dormido, creo. Estoy un poco desorientado.

-Tampoco recuerdas. Sí, a algunos les lleva más tiempo ¿Necesitas ver las estrellas como los antiguos navegantes para saber a dónde vas? Adelante, mira entonces al cielo y oriéntate –me dijo mientras le daba otro enorme trago a su botella, un esbozo de sonrisa se dibujó en sus labios.

Miré al cielo. La luna estaba partida en dos. Se estaba desgajando ante mis ojos como si fuera cualquier otra cosa. Un sudor frío empezó a correr por mi cuerpo.

-¿Qué es esto? –dije sin entender qué sucedía- Aún no despierto.

-Una epifanía, hermano.

Volví a sentarme en la banca. Miré mis manos. Toqué mi rostro para saber si yo era real o parte de aquel mórbido espectáculo. El vagabundo se levantó y empezó a caminar.

-¿Quién eres?

-Sólo otro viajero exhausto, que se ha detenido un momento para mirar que pasa alrededor.

-¿Y qué has visto alrededor?

-Lo mismo que tú, hermanos matándose unos a otros, yendo de un lugar a otro sin prestar atención a nada… sólo envejeciendo. Un total desperdicio. Tanto odio que nace de tanto ego. Es tan triste.

-No, espera, dime qué está pasando.

-La vida quiere respuestas; pero también, con un deseo voraz, que la cuestionen hasta la médula. Y ya nadie tiene ‘tiempo’ para interesarse realmente en nada. Eso es más triste -dio el último trago a su botella.

Creí ver una lágrima que se deslizaba por su mejilla, como si llorara silenciosamente por un mundo que agonizaba, al que no le quedaba nada. Caminé detrás de él, pero no podía alcanzarlo, traté de gritarle pero de mi boca no salía sonido alguno. Dio la vuelta y desapareció. La plaza estaba completamente desierta. El sol se levantaba devastando aquella bella oscuridad.

12/11/2009

En la fiesta (1)

Manuel tocó la puerta del cuarto de Pablo. Los invitados comenzaban a llegar a su cumpleaños, junto con algunos colados. La música se escuchaba hasta la cuadra siguiente; los vecinos ya sentían la larga noche a sus espaldas. A regañadientes Pablo salió a recibirlos, y lo que correspondía eran las tediosas presentaciones con la gente nueva. Y ahí estaba ella, con su cabello suelto y una sonrisa que disipó lo que prometía ser sólo una fiesta más; como la que cada semana se celebraba sin importar el motivo. Solo celebrar. Para Pablo esos festejos carecían ya de sentido, o eso creyó hasta que los movimientos cadenciosos de Juli lo sacaron del hastío, había algo en cómo movía sus manos al hablar, en su voz, en sus gestos.
Y la fiesta transcurrió…“hasta que llegue la policía, sino, no es fiesta”, gritaban todos en la congestionada sala, la música no paraba y nadie quería que amaneciera. Hasta que la policía llegó. Con gran rapidez y una impresionante demostración de logística, la fiesta se mudó a la playa más cercana. Todos se juntaron en coches, en taxis, pero nadie se quedó atrás. Aún quedaba la noche para hacer fogatas, siempre más sabia, más antigua. Juli y Pablo se rezagaron, caminaron más despacio que el resto, hablaron de sus ciudades de origen, de los amigos, de música, de sus películas favoritas, de sus viejas películas favoritas, de lo que tenían planeado para el futuro, rieron del vestido de Juli que intempestivamente se levantaba con el viento; no pararon hasta que el sol les quemaba las intenciones que se les asomaban en sus miradas. Entonces el teléfono de Pablo sonó. Juli entendió lo que había detrás de su gesto. Todo termina sin antes empezar, pensó.
Pero al día siguiente, para su sorpresa, se encontraron en el restaurante, y no evitaron lo que debían evitar. Las miradas se anclaron en sus labios, sus manos accidentalmente se tocaban una y otra vez, las risas caían como hojas de otoño. Después de eso no pararon de llamarse. De encontrarse. La tarde fue gris, y Juli, impulsiva como siempre, aún sabiendo que no debía, fue a verlo al trabajo. Pablo se sorprendió, pero la quiso desde ese instante. Hizo una llamada y pudieron irse. Sintieron el tajante abrazo del viento, caminaron por el boulevard que comenzaba a oscurecerse. Ese viernes Juli estuvo en su casa por primera vez desde la fiesta, y hubo más que un coqueteo, se besaron como en la playa, entendiendo los dos lo que significaban esos besos. Fue el primer día, de muchos, en los que no quisieron irse, añorando aquellos tiempos cuando todo era más simple. Al otro día Pablo faltó a la cita, la banca del Parque quedó vacía por horas.

07/11/2009

dibujando reflejos

Vienes a mí como una broma inefable, punzante, danzante
Odio tener la razón casi tanto como a un día soleado
Porque no me canso de estar equivocado
Ilusiones ópticas interestelares cubiertas de bisuterías
Y el eco de una risa incompleta que se escucha en el mar
Me quedé parado al borde, pendiendo de un hilo
Y si los pasos fueron erróneos, (al menos) pude ver su rostro
Bajo esa lánguida luz que me abraza
Como un mendigo a un trozo de pan mohoso
Estoy aquí, y tu cuerpo rígido envuelto en turquesa
Junto, la flor renace en la tierra baldía
Voces del mundo que cansadas, dejaron caer la balanza
Dibujando los reflejos del vacío, ausente, vehemente
Vagando sin principio ni fin por caminos transitorios
Como la estrella más lejana que se oculta tras tus pestañas
Corriendo hasta rompernos en un muro imaginario

15/10/2009

Neblina/bar

El requinto de la guitarra desbordó el bar, la gente alrededor de sus mesas coreaba la eterna canción de desamor; algunos brindaban, chocaban sus cervezas y sonreían, unos con gozo, otros por mera educación o apariencia. En la mesa de enfrente unos profundos ojos negros me atravesaron, como las espinas de una rosa atraviesa la piel de quien (descuidadamente) la corta.

Así, por un descuido, una gota de sangre brotó de un profundo y desconocido lugar de mi corazón. Mientras estridentes voces desperdigadas en el bar desentonaban las melodías sucesivas; y mascullaban, más para sí mismos que para sus acompañantes, rescuerdos intempestivos de tiempos remotos. "Nadie bebe dos veces la misma cerveza", hubiera dicho Heráclito de estar ahí. Y entonces aquellos desconocidos labios dibujaron un tímido esbozo de sonrisa.

No supe en que momento me perdí al contemplarla, en su cabello corto y un lunar extraviado en el lado izquierdo de su rostro, por el que cualquier escultor griego hubiese dado su posesión más valiosa (tan sólo) para inmortalizarla. Me desvanecí entonces entre las notas de la guitarra y las raudas carcajadas de la gente, una deleble polifonía de voces y botellas que entumecían la atmósfera. Giré mi cabeza para mirarla y la descubrí mirándome también, se volteó hacia sus amigos para disimular, para que yo pensara que sólo me veía por descuido como se le mira a cualquier otra cosa.

Después de un par de cervezas más me descubrió a mi y entonces yo fingí de la misma forma, y le dije a mis amigos lo primero que me vino a la mente, totalmente incoherente y sin sentido. En la calle la gente iba y venía. Yo les contemplaba por la rústica ventana verde que lentamente era cobijada por un manto de neblina. Y fue cuando los dos dejamos de fingir, y nos miramos por tantos segundos que me parecieron ser todos los siglos en la historia del hombre.

Entonces, un amigo de mis amigos, a quien apenas me habían presentado ese día, se pasó de copas (o de chelas mejor dicho) y tuvimos que llevarlo urgentemente a cualquier lugar no público para bajarle la borrachera y evitar una catástrofe mayor al que ya estaba causando con el resto de la gente en el bar. Aunque finalmente terminara convirtiéndose en una congestión alcohólica. Cuando salíamos del bar no pude evitar verla, deleitarme por última vez con esa imagen, como si una fuerza mayor a mi parecida a la gravedad que nos mantiene con los pies en la tierra me obligara a despedirme de ella aunque fuera con la mirada. Pero un instante después también se despidió de mi con esos bellos ojos negros. Me detuve queriendo acercarme, pero las circunstancias y el taxi que estaba por arrancar llevándose a mis amigos me forzaron a irme.

No dejé de pensar en ella tras las horas. No tuve opción más que dejar a mis amigos en el hospital, al saber que tras aquella ingestión etílica no había ya peligro. Y el saber que quizá no volvería a verla nunca más me hizo regresar para buscarla, aunque fuera para conocer su nombre, para penetrar en esa oscuridad en la que me había dejado. En el camino dibujé en mi mente una y otra vez sus ojos, su sonrisa y cada uno de sus movimientos que memoricé mientras ella hablaba con sus acompañantes. Bajé del taxi. Todas las luces estaban ya apagadas, el bar estaba cerrado. Y aquella hermosa desconocida había desaparecido en la triste neblina.

14/09/2009

2

Las nubes negras cubrían, tumultuosas, la ciudad. Crujían bajo mis pasos las hojas secas de estas antiguas calles ahora hechas laberinto. Los gigantescos edificios y las diminutas casas terminaron por ser iguales ante la noche. Donde alguna vez habitaron hombres, vagaban borrosas figuras sin rostro, vestidos como personas, pero ya despojados de toda humanidad. Sin ojos, sin alma. Caminé con gravidez hasta perder la noción del tiempo, como un nómada pierde sus raíces. Algunas veces conocer es destruir, y yo conocía la inutilidad de mi estupor ante aquellas figuras danzantes que semejaban o fueron quizá en una época remota hombres, mujeres y niños. Gregarios, pasaban junto a mi como si yo fuese un fantasma o los fantasmas fueran ellos. En vano intenté que me mostraran un camino, no escuchaban o probablemente no podían ya. Una profunda náusea me arrebató al ver de cerca esos rostros sin forma, sin parangón con nada que hubiera jamás imaginado. Apenas contuve el vómito al ver tan tétrico espectáculo. Me alejé lo más rápido posible de esas horribles figuras humanoides. Pero el laberinto seguía ahí, infinito, inamovible, hostil. Resonaban en mi cabeza los gemidos guturales de aquellas criaturas, como si cien manos rasgaran con sus uñas cien pizarrones. Algo cambió, porque ahora ya volteaban hacia mi cuando pasaba cerca de ellos. Las fragorosas nubes anunciaban que la tormenta ya venía. Las luces de la ciudad eran apoteósicas estrellas que se desangraban, senderos luminosos por el que transitaban sueños pretéritos y promesas distantes. La lluvia vino hacia mi como un torrente dorado. Por un instante sentí que el universo recorría mis venas. Traté de cubrirme en un flamígero edificio que semejaba un templo. A las afueras yacían incontables vagabundos sin rostro, sin nombre. Me acurruqué en un rincón mientras veía aquella beatífica lluvia acariciar las calles marchitas. Hasta que me perdí en un sueño profundo. Cuando abrí los ojos el agua cubría la ciudad como un espejo cubre el alma. Entendí que Borges tenía razón cuando dijo que los espejos tienen algo de monstruoso, porque multiplicaba el número de hombres, y ese laberinto del que no podía despertar se multiplicaba al infinito.

27/08/2009

Reforma al sistema electoral

Si alguien ha visto a esta abeja, quien después de no pagar la cuenta se robó un ipod nano, favor de denunciarlo a las autoridades pertinentes. Gracias.

En fechas recientes revivió la vieja discusión sobre la eficiencia y transparencia del IFE, quien pese a los más de 12 mil millones de pesos que reciben anualmente (¿cuántos millones de mexicanos no tienen para comer?), no logran que la democracia que tanto pregonan sea creíble para la ciudadanía, que cada vez está más al pendiente de su desempeño (no sólo para hacer spots o imprimir credenciales) para cuidar los procesos electorales; y para que la democracia deje de estar solo en los papeles de los discursos, o en los periódicos o en las declaraciones de los funcionarios.

Propuesta Uno. Que artistas de la farándula suplanten a la figura (no de acción, sino simbólica o pública) del político. Sustituir el proceso: cambiar el día de los comicios por un reality show de algunos meses de duración. El público votaría por sus candidatos (y los iría eliminando de forma progresiva). A la vez de escuchar sus propuestas de campaña; verían el melodrama de su vida privada, conocerían sus pasiones, sus miedos, sus esperanzas, sus secretos. En un reality lleno de política, intrigas, amor, desafueros, sospechosismos, celos y traición al más alto nivel del teatro shakesperiano. Nota: Usaremos indistintamente el término público, ciudadano, consumidor o electorado; tal y como lo hacen actualmente las campañas publi-políticas.

Beneficios:
1. El ahorro significativo en los costos de campaña. Esto debido a que el público ya conoce a los artistas de la farándula, por lo que esto generaría en un recorte importante al tiempo del proceso electoral y gastos de campaña.

2. Un ahorro en materia de seguridad y logística. Los artistas cuentan con seguridad privada (sus guaruras); y sus managers son eficientes en organizar firmas de autógrafos, conciertos, palenques, comerciales, y demás.

3. Aumento en el número de votantes y con el interés por el proceso electoral. Incluiría un premio millonario otorgado probablemente a un seguidor o militante del artista-político ganador.

4. Por primera vez la vida política del país le importaría al público. Además los programas de chismes han demostrado ser altamente especializados en remarcar los errores (por mínimos y/o circunstanciales que estos sean) hasta el hartazgo mediático, lo que proveería quizá, de una mejor memoria colectiva con respecto al actuar de nuestros gobernantes.

5. Se sustituirían los debates entre candidatos, por un programa de concurso; esto tendría el beneficio de que sabríamos con más certeza que tan capaces son nuestros candidatos; es decir, tendríamos finalmente parámetros objetivos para medir su desempeño; y dejaríamos de estar “esperanzados” a vagas promesas de campaña y discursos que no nos llevan a ningún lado.

6. En cuanto al beneficio ecológico, toneladas de basura electoral no inundarían las calles de nuestras ciudades. Mantas, volantes, gorras, lapiceros, gomas, etece, no se tirarían el día siguiente de las elecciones. Aunque probablemente estos souvenirs serían producidos por el Club de Fans o por los Amigos de...

7. La penetración de las revistas dedicadas a la farándula es mayor que el de periódicos, por lo que más gente estaría informada de manera oportuna y veraz.

11/08/2009

¿mano dura? contra qué...

"Si todo va bien, no es porque la gente sea civilizada, sino sencillamente porque no tienen hambre". Marjane Satrapi (cineasta y autora de cómic)

Habla sobre la vida en París y el contraste en Irán ( o en este caso, cualquier otro país de América), dice que "el odio viaja en nuestra genética". Al respecto escribió John Steinbeck en 'Las uvas de la ira': "Resultados, no causas. Las causas yacen en lo más hondo y son sencillas: las causas son el hambre en el estómago, multiplicado por un millón". Cualquier otra estrategia implementada (o simulada), es pura propaganda mediática.

24/07/2009

Cierra la puerta.

La Señora Gorda abrió la puerta y se asomó por el balcón. La brisa movía su cabello teñido color ocre. Las nubes se alejaron con el viento, como si ella las hubiera espantado. El cielo quedó desnudo. Hizo una especie de gruñido, como contestando los ladridos del perro callejero que vigilaba la noche. Yo tenía miedo que éste, al verme, la pusiera en alerta.

Junto estaba el Señor de Lentes, de quien sólo se veía a ratos su silueta ennegrecida cuando se asomaba por la ventana. Estaban casados, pero no dormían en el mismo cuarto. A lo mejor porque en su casa tenían muchos, eso creía yo, porque las señoras en el pueblo decían otras cosas. En la mía todos estábamos en el mismo, bien apretaditos.

El viento arreció, las hojas de los árboles se golpeaban, murmuraron una especie de cascabeleo, como un siniestro aviso de los espíritus. Primero apagó la luz el Señor de Lentes. Unos minutos después la Señora Gorda. Hasta el cancerbero yacía en la quietud del lote baldío de enfrente. Toño me dijo que le chiflara cuando Vero, la hija de los Señores, abriera la puerta para verse con su novio a escondidas; a todos nos gustaba esa niña, su cara, su piel satinada, su cabello negro. Apenas había cumplido quince, y su fiesta fue más grande y costosa que la de nuestro santo patrono del pueblo.

“Es la única hora en la que se puede, sino nos van a ver”, nos dijo Toño muy serio, no sabíamos si estaba triste o enojado. Su mamá se había muerto ese lunes. Y a su papá lo habían encerrado el jueves. Desde ese día no hablaba con nadie, más que para decirnos lo que haríamos. Poquito después de las dos de la mañana se abrió la puerta.

Una bicicleta llegó al mismo tiempo, era Pedro el noviecito de Vero. Se veían a esa hora para poder besarse, porque en el día no lo tenían permitido, las señoras en el mercado decían que eso no era bien visto. El perro callejero se levantó y empezó a caminar hacia mi, las piernas me temblaban, no sabía si chiflar o no, el cancerbero pasó de largo, luego que lo perdí de vista, chiflé.

Entonces llegó Toño y los otros, rodearon a la pareja, mientras yo me quedaba en la esquina, Chemo que estaba junto a él me dijo días después que sus ojos eran tan rojos como el infierno. La niña apenas iba a gritar cuando Toño le partió la cara de una pedrada. Vero cayó al piso. La sangre que salió de su cabeza formó diminutos ríos que fluían entre las piedras de la calle.

El rostro de Pedro fue iluminado por la luna, por la ira y el miedo que se le acumularon en el pecho, pero fue apagado un instante después por otra pedrada que Toño le clavó en medio de los ojos. Decían que pudo haber sido beisbolista, pero desde chico ayudó a su papá en la finca y nunca pudo ir a la escuela ni estar en el equipo.

Mi mamá le dijo a mi tía, al día siguiente, que Vero aún se movía cuando la encontraron, justo al alba. Con el rostro desfigurado murió en el hospital antes de medio día. Pedro falleció mucho antes que eso, con los puños bien apretados, como si hubiera querido pegarle a Toño, aunque ya ni tiempo tuvo.

Ninguno de nosotros volvió a hablar de esa noche. Los señores cerraron sus negocios, la cantina, la mercería, la miscelánea, la farmacia, hasta la nevería; casi todos los habían puesto cuando éste fue presidente municipal. Toño me dijo sólo a mi, que si ellos le habían quitado a su papá cuando lo acusaron con la policía de haberlos robado para poder enterrar a su mamá, porque ni para eso tenían; que entonces él les iba a quitar a su hija.

Después que enterraron a Vero pocas veces salieron de su casa. Toño no regresó al pueblo. Y la Señora Gorda y el Señor de Lentes nunca más abrieron esa puerta.

05/06/2009

[ ]

Quiero salir del tiempo,
verlo todo en un instante,
simultáneo, sin hermetismo
Quiero salir del espejo,
no ver más el signo,
sangrante y superficial
Quiero borrar lo infinito,
que el día deje de repetirse
y enterrar el resto después
Quiero entender el laberinto,
ignorar los siglos que transcurren
sentarme a pescar las bifurcaciones
Quiero salir de mi,
dejar este cuerpo artificial,
ficción etílica nada más
Quiero exterminar el insomnio
y caminar a ese páramo lejano
para sentarme a mi lado

03/06/2009

( )

El desierto me rodea, sigo secándome, mis células se dividen, mutan en arena. Mi piel, un palimpsesto de tus caricias, de besos que surcaron mis pecados, palabras que se van de entre mis manos. Al escapar no siempre se llega a donde se quiere, muchas veces ignoramos la ruta, pero seguimos, aunque apenas podamos ver los rieles oxidados que dejaron los fantasmas en nuestros sueños. Y en la huída del cadente silencio de tu mirada, tiro por la ventana mis huesos molidos, tu sonrisa disecada en una foto que se diluye en el ocaso de la frágil memoria perecedera, y los recuerdos nauseabundos de aquellos días artificiales. Nos despedimos en la misma Estación, el ruido del tren nos impidió escuchar lo que nos dijimos.

23/01/2009

haiku 22

simples palabras
tachadas de la hoja
que nadie leerá