12/11/2009

En la fiesta (1)

Manuel tocó la puerta del cuarto de Pablo. Los invitados comenzaban a llegar a su cumpleaños, junto con algunos colados. La música se escuchaba hasta la cuadra siguiente; los vecinos ya sentían la larga noche a sus espaldas. A regañadientes Pablo salió a recibirlos, y lo que correspondía eran las tediosas presentaciones con la gente nueva. Y ahí estaba ella, con su cabello suelto y una sonrisa que disipó lo que prometía ser sólo una fiesta más; como la que cada semana se celebraba sin importar el motivo. Solo celebrar. Para Pablo esos festejos carecían ya de sentido, o eso creyó hasta que los movimientos cadenciosos de Juli lo sacaron del hastío, había algo en cómo movía sus manos al hablar, en su voz, en sus gestos.
Y la fiesta transcurrió…“hasta que llegue la policía, sino, no es fiesta”, gritaban todos en la congestionada sala, la música no paraba y nadie quería que amaneciera. Hasta que la policía llegó. Con gran rapidez y una impresionante demostración de logística, la fiesta se mudó a la playa más cercana. Todos se juntaron en coches, en taxis, pero nadie se quedó atrás. Aún quedaba la noche para hacer fogatas, siempre más sabia, más antigua. Juli y Pablo se rezagaron, caminaron más despacio que el resto, hablaron de sus ciudades de origen, de los amigos, de música, de sus películas favoritas, de sus viejas películas favoritas, de lo que tenían planeado para el futuro, rieron del vestido de Juli que intempestivamente se levantaba con el viento; no pararon hasta que el sol les quemaba las intenciones que se les asomaban en sus miradas. Entonces el teléfono de Pablo sonó. Juli entendió lo que había detrás de su gesto. Todo termina sin antes empezar, pensó.
Pero al día siguiente, para su sorpresa, se encontraron en el restaurante, y no evitaron lo que debían evitar. Las miradas se anclaron en sus labios, sus manos accidentalmente se tocaban una y otra vez, las risas caían como hojas de otoño. Después de eso no pararon de llamarse. De encontrarse. La tarde fue gris, y Juli, impulsiva como siempre, aún sabiendo que no debía, fue a verlo al trabajo. Pablo se sorprendió, pero la quiso desde ese instante. Hizo una llamada y pudieron irse. Sintieron el tajante abrazo del viento, caminaron por el boulevard que comenzaba a oscurecerse. Ese viernes Juli estuvo en su casa por primera vez desde la fiesta, y hubo más que un coqueteo, se besaron como en la playa, entendiendo los dos lo que significaban esos besos. Fue el primer día, de muchos, en los que no quisieron irse, añorando aquellos tiempos cuando todo era más simple. Al otro día Pablo faltó a la cita, la banca del Parque quedó vacía por horas.

1 comentario:

Melissa P dijo...

me gustó, porque hubo envío especial?