24/12/2007

El hombre del traje



El agujero negro de su estómago lo obligó a levantarse aquella madrugada, la sinfonía de botellas de cerveza de los vecinos deleitaba al vecindario, las risas estridentes y las pláticas sobre heroicas gestas etílicas se colaban por las roídas ventanas del cuartucho de hotel. La gotera que caía junto a su cama era lo único que lo hacía consciente del paso del tiempo.

El tiempo que lo destruye todo, el tiempo que en este plano existencial es irreversible. Recordar es volver a morir. Un hombre con amnesia es un hombre sin identidad. Bendita ignorancia. Ojos que no ven. Ojo por ojo. El olvido es el camino a la felicidad. El olvido.

Se sentó en el sillón apolillado, amarrose pausadamente las agujetas de sus zapatos; recordaba entonces el día que los compró, cuando creía que era feliz, cuando era aficionado a cambiar oro por espejos. Revisaba sus bolsillos, tan sólo para encontrar centavos, pesos, boletos de autobús, papeles de teléfonos a los que nunca llamó. El camino a la tienda de 24 horas transcurrió sin sobresaltos.

Eligió un paquete de plástico del exhibidor y lo puso en el microondas. 2:00. Fue al fondo del establecimiento y eligió la bebida sabor cola 'ad hoc' para la ocasión, reserva del 99. Una pareja discutía en el mostrador; ella con los ojos llorosos, al borde del colapso; él con su rostro desbordado de hastío, no soportaba escucharla más. Incluso cuando salieron de la tienda aún podía sentirse esa pesadez en el ambiente. Los curiosos seguían la pelea por la ventana, como un pago por evento, por morbo, por mero entretenimiento. Él se iba, ella no lo dejaba.

El microondas lo hizo volver a su realidad. La comida plastificada estaba lista. La sacó del empaque y un intenso hedor a artificialeza llenó su olfato. Pagó y apenas le dio tiempo de salir para vomitar en la calle. Los bebedores empedernidos veían en él un espejo de su futuro inmediato. El dependiente de la tienda reía, pero ya no le sorprendía, esa era una escena que se repetía casi a diario.


-Dos o tres six después así te verás -le dijo un gordo con voz aguardentosa a un tipo alto, flaco con cola de caballo.

Después de limpiarse el vómito con un pañuelo blanco -único recuerdo que conservaba de su hermano-, caminó un par de cuadras más y se sentó en la banqueta. Engullir esa masa amorfa fue una empresa en extremo difícil, pero no tenía otro remedio, su cuerpo le exigía comer algo. Tomaba grandes tragos de su bebida carbonatada, para que el sufrimiento fuera menos. No quería levantarse, ni mucho menos regresar a la misma habitación, con la misma gotera, con los mismos silencios y ausencias.

Llegó a una parada de autobús y se derrumbó en el asiento, visiblemente cansado -por la vida-. En el otro extremo de la banca se encontraba un hombre, vestía de traje, parecía no haber dormido en mucho tiempo, despeinado, las manos le temblaban. Éste, al percatarse de la otra presencia lanzó -pero no dirigiéndose a él, sino a la eternidad-:
-Estoy hasta la madre de que todos piensen que sus actos no tienen consecuencias, que salvando su pellejo lo demás vale madres -dijo con voz firme, el sudor empapaba el cuello de su camisa, y su cabeza descansaba apoyándose en la estructura metálica, mientras se dejaba llevar por el sueño.

Aquella frase suelta parecía haber dado en el clavo, finalmente las cosas empezaban a cobrar sentido, y aquel fatídico sábado había dejado de dolerle casi de forma instantánea. Abordó el siguiente autobús, no sabía a donde iba pero tampoco le importaba. Cuando se sentó pudo observar como el hombre del traje se desvanecía y azotaba en la acera ya sin signos vitales. No tenía caso bajarse y jugar al héroe, otras veces lo había hecho trayéndole sólo estocadas por la espalda. Entonces acomodó su cabeza en el asiento, buscaba dormir y despertar cuando ya estuviera lejos y no hubiera marcha atrás.