15/02/2010

1743.

Ese aire cálido que embriaga por las noches
Ese rip de portishead en el balcón
Ese carmín que se desgaja del ocaso, en las noches de fiesta que despiertan
Esa intensidad en tu mirada, en tu risa; el carnaval en tu corazón
Xicoténcatl never more, never more… never more
En mis insomnios he caminado ya muy lejos de tu laberinto
Pero queda en mi piel tu deseo por la vida, por la fiesta
Esa costumbre de contemplar el mundo, de poner atención, ‘de morir a diario’
Fuegos artificiales
Espirales de tiempo, de humo blanco, ‘habemus chela’
Entre Mina y Alacio Pérez
Humo de tiempo que entras por mis ojos
Espirales de luz, de magia que alargan los sonidos de la agonía
Junto al sillón del balcón de mi memoria, de mi ocaso
Signos milenarios que aguardan en tus recuerdos
En ese estallido de furia, en la sangre continua de la que hablaba Bukowski
Mármol onírico sobre el que se esculpen los días
Náufragos del tiempo esparcidos en el mar
Bailando con las estrellas fugaces acurrucadas en tu espalda
Te echo de menos Xicoténcatl
A la izquierda, detrás del coche verde.

02/02/2010

3.


La luna se paseaba arrogante por la ciudad. Custodiada, en la tierra como en el cielo, por guardianes, unos: efímeras luces artificiales; los otros: milenarios cuerpos incandescentes. Por las áridas calles corría un viento frío. Puertas y ventanas susurraban en un dialecto desconocido. Corceles metálicos atravesaban tumultuosos la ciudad.
Yo caminaba en la oscuridad de esa ciudad que despertaba. Rodeado de colinas que brillaban como milenarias minas de oro, como estrellas de keroseno que alumbraban tristes sombras en la pared. ¿Eso eran estas personas… sombras de lo que pudieron ser? Sonámbulos deambulando en un mundo que se les figuraba ajeno, entre promesas del mañana que habían sido rotas en el ayer.

Sentí, de repente, que caminaba sobre una cuerda floja, equilibrando el terror y la maravilla, adelante y detrás de mi había miles, quizá millones de personas que se perdían en el horizonte de esa cuerda floja interminable. Todos avanzaban impacientes, sin preguntar, sin saber porqué seguían adelante.

De vez en cuando alguno caía, yo escuchaba sus gritos, por horas el eco golpeaba mi cabeza como un martillo que no paraba. Nadie más miraba, a nadie le importaba quien cayera. El cansancio me alcanzaba, suavemente; me tambaleaba. Hasta que caí en ese abismo, en la caída la oscuridad empezaba a acariciarme, me cubría completamente, todo rastro de luz se extinguía.

Abrí los ojos. No amanecía aún. Yo estaba tirado en una banca; al lado de un vagabundo que me miraba fijamente, sin pestañear. Me levanté mecánicamente, tratando de diferenciar qué de todo aquello era realidad, y qué era un sueño.

-El tiempo es una mentira, lo sabes, ¿cierto? –dijo pausadamente con una voz aguardentosa, miraba al suelo mientras tomaba otro trago a su botella de vino-. Todo es simultáneo, todo está sucediendo al mismo tiempo.

-No sé de qué me está hablando –respondí por inercia, sin pensar en sus palabras.

-Claro que sabes. Sólo mira alrededor hermano, prestar un poco de atención, ver realmente; todo esto es una gran mentira, y lo sabes hermano. ¿No ves los siglos que han sucedido en este lugar, los que están por suceder. ¿O no me escuchas por cómo me veo? Sí, no me escuchas porque soy un vagabundo –el ritmo de su voz era más denso entonces, más y más lento.

-No… no, me quedé dormido, creo. Estoy un poco desorientado.

-Tampoco recuerdas. Sí, a algunos les lleva más tiempo ¿Necesitas ver las estrellas como los antiguos navegantes para saber a dónde vas? Adelante, mira entonces al cielo y oriéntate –me dijo mientras le daba otro enorme trago a su botella, un esbozo de sonrisa se dibujó en sus labios.

Miré al cielo. La luna estaba partida en dos. Se estaba desgajando ante mis ojos como si fuera cualquier otra cosa. Un sudor frío empezó a correr por mi cuerpo.

-¿Qué es esto? –dije sin entender qué sucedía- Aún no despierto.

-Una epifanía, hermano.

Volví a sentarme en la banca. Miré mis manos. Toqué mi rostro para saber si yo era real o parte de aquel mórbido espectáculo. El vagabundo se levantó y empezó a caminar.

-¿Quién eres?

-Sólo otro viajero exhausto, que se ha detenido un momento para mirar que pasa alrededor.

-¿Y qué has visto alrededor?

-Lo mismo que tú, hermanos matándose unos a otros, yendo de un lugar a otro sin prestar atención a nada… sólo envejeciendo. Un total desperdicio. Tanto odio que nace de tanto ego. Es tan triste.

-No, espera, dime qué está pasando.

-La vida quiere respuestas; pero también, con un deseo voraz, que la cuestionen hasta la médula. Y ya nadie tiene ‘tiempo’ para interesarse realmente en nada. Eso es más triste -dio el último trago a su botella.

Creí ver una lágrima que se deslizaba por su mejilla, como si llorara silenciosamente por un mundo que agonizaba, al que no le quedaba nada. Caminé detrás de él, pero no podía alcanzarlo, traté de gritarle pero de mi boca no salía sonido alguno. Dio la vuelta y desapareció. La plaza estaba completamente desierta. El sol se levantaba devastando aquella bella oscuridad.