15/10/2009

Neblina/bar

El requinto de la guitarra desbordó el bar, la gente alrededor de sus mesas coreaba la eterna canción de desamor; algunos brindaban, chocaban sus cervezas y sonreían, unos con gozo, otros por mera educación o apariencia. En la mesa de enfrente unos profundos ojos negros me atravesaron, como las espinas de una rosa atraviesa la piel de quien (descuidadamente) la corta.

Así, por un descuido, una gota de sangre brotó de un profundo y desconocido lugar de mi corazón. Mientras estridentes voces desperdigadas en el bar desentonaban las melodías sucesivas; y mascullaban, más para sí mismos que para sus acompañantes, rescuerdos intempestivos de tiempos remotos. "Nadie bebe dos veces la misma cerveza", hubiera dicho Heráclito de estar ahí. Y entonces aquellos desconocidos labios dibujaron un tímido esbozo de sonrisa.

No supe en que momento me perdí al contemplarla, en su cabello corto y un lunar extraviado en el lado izquierdo de su rostro, por el que cualquier escultor griego hubiese dado su posesión más valiosa (tan sólo) para inmortalizarla. Me desvanecí entonces entre las notas de la guitarra y las raudas carcajadas de la gente, una deleble polifonía de voces y botellas que entumecían la atmósfera. Giré mi cabeza para mirarla y la descubrí mirándome también, se volteó hacia sus amigos para disimular, para que yo pensara que sólo me veía por descuido como se le mira a cualquier otra cosa.

Después de un par de cervezas más me descubrió a mi y entonces yo fingí de la misma forma, y le dije a mis amigos lo primero que me vino a la mente, totalmente incoherente y sin sentido. En la calle la gente iba y venía. Yo les contemplaba por la rústica ventana verde que lentamente era cobijada por un manto de neblina. Y fue cuando los dos dejamos de fingir, y nos miramos por tantos segundos que me parecieron ser todos los siglos en la historia del hombre.

Entonces, un amigo de mis amigos, a quien apenas me habían presentado ese día, se pasó de copas (o de chelas mejor dicho) y tuvimos que llevarlo urgentemente a cualquier lugar no público para bajarle la borrachera y evitar una catástrofe mayor al que ya estaba causando con el resto de la gente en el bar. Aunque finalmente terminara convirtiéndose en una congestión alcohólica. Cuando salíamos del bar no pude evitar verla, deleitarme por última vez con esa imagen, como si una fuerza mayor a mi parecida a la gravedad que nos mantiene con los pies en la tierra me obligara a despedirme de ella aunque fuera con la mirada. Pero un instante después también se despidió de mi con esos bellos ojos negros. Me detuve queriendo acercarme, pero las circunstancias y el taxi que estaba por arrancar llevándose a mis amigos me forzaron a irme.

No dejé de pensar en ella tras las horas. No tuve opción más que dejar a mis amigos en el hospital, al saber que tras aquella ingestión etílica no había ya peligro. Y el saber que quizá no volvería a verla nunca más me hizo regresar para buscarla, aunque fuera para conocer su nombre, para penetrar en esa oscuridad en la que me había dejado. En el camino dibujé en mi mente una y otra vez sus ojos, su sonrisa y cada uno de sus movimientos que memoricé mientras ella hablaba con sus acompañantes. Bajé del taxi. Todas las luces estaban ya apagadas, el bar estaba cerrado. Y aquella hermosa desconocida había desaparecido en la triste neblina.